Peces y veleros comparten un mismo territorio: el agua como metáfora de tránsito, de lo que fluye y no puede retenerse. En estas obras, la fotografía transferida sobre tela se convierte en memoria material —imágenes que parecen rescatadas del fondo del mar o de un sueño recurrente— mientras la luz retroiluminada transforma cada pieza en un pequeño fanal, una ventana submarina.
Los veleros surcan mapamundis circulares como brújulas poéticas; los peces nadan suspendidos en acetato y alambre, liberados de la bidimensionalidad. La serie es una navegación entre lo real y lo onírico, donde cada obra es una carta náutica hacia ningún lugar concreto y todos los lugares posibles.