El dibujo es aquí acto fundacional: la mano que piensa directamente sobre el papel, sin red, sin corrección posible. Estas figuras —cuerpos que se pliegan, rostros que se disuelven, siluetas que danzan entre lo reconocible y lo abstracto— nacen del pulso entre el óleo y la superficie blanca, del fuego aplicado al cartón, del carboncillo que acaricia y hiere al mismo tiempo.
Cada dibujo es un instante de verdad sin adornos, donde la línea busca no tanto describir una forma como atrapar un estado: la tensión de un músculo, el peso de un pensamiento, la levedad de lo que está a punto de desaparecer. La serie es un diario visual del cuerpo humano como territorio cambiante.